La mente importa

La salud mental tiene la misma importancia que la salud física y desempeña un papel fundamental en la manera en que pensamos, sentimos y actuamos cada día. Cuidarla no es un lujo, sino una necesidad. Tener una buena salud mental no implica estar bien todo el tiempo, sino contar con recursos emocionales para afrontar las dificultades de forma sana. Cuando este equilibrio se ve alterado, pueden surgir problemas como la ansiedad, la depresión, el agotamiento emocional, conflictos en el ámbito laboral y en las relaciones personales...

El trabajo final de mi grupo en la asignatura de Didáctica se ha centrado en la ansiedad que genera la presión académica (la exigencia constante por obtener buenos resultados, cumplir con plazos y responder a altas expectativas, tanto propias como externas). Esta presión puede afectar de manera significativa al bienestar emocional del alumnado. Como parte del proyecto, cada una de nosotras ha redactado su testimonio personal sobre la vivencia del curso anterior (2.º de Bachillerato), una etapa especialmente exigente a nivel académico y emocional. Me gusta compartirlo para visibilizar esta realidad y concienciar sobre la importancia de cuidar la salud mental en el ámbito educativo.

Segundo de Bachillerato ha sido un curso muy duro tanto en lo académico como en lo personal. Llegué pensando que sería simplemente “un curso más”, si es verdad que decisivo, pero no pensé que la presión académica pudiese llegar a tanto.

A los dos meses del curso descubrí que no solo me enfrentaba a exámenes y trabajos, sino también a mí misma. La autoexigencia, que siempre había creído que me ayudaba a mejorar, se convirtió en un enemigo. Me presionaba por sacar buenas notas, por demostrar que podía con todo, por no fallar a nadie…

A nivel personal y familiar tampoco fue fácil. Había situaciones que no podía controlar y que me consumían emocionalmente. Intentaba estudiar mientras mi cabeza se centraba en esos problemas. Quería estar bien y dispuesta para todos, pero muchas veces ni siquiera sabía cómo estar bien yo.

Académicamente, todo parecía muy rápido. No había ninguna semana de descanso, y era lo que precisamente necesitaba, un descanso mental. Había tantos trabajos y exámenes que apenas sabía por dónde empezar. Y, por si fuera poco, la PAU (Prueba de Acceso a la Universidad) estaba cada vez más cerca, recordándome que mi futuro dependía de lo que pudiera memorizar entre el cansancio, la ansiedad y la falta de sueño acumulado. La presión se sentía en el pecho, como si cada día apretara un poco más.

A todo esto se sumó que estaba sacándome el teórico del carnet de coche, lo cual requería aún más estudio y concentración, y también trabajaba como monitora deportiva. Me encantaba mi trabajo, pero implicaba muchas horas, días en los que salía de mi casa a las ocho de la mañana y llegaba a las diez de la noche. Demasiada responsabilidad y energía que a veces ya no me quedaba. Añadiendo las horas de deporte semanales que hacía, más de ocho horas. Llegaba a casa agotada, con la sensación de tener que controlar todo y muy poco tiempo.

Hubo días en los que pensé que no llegaría, que no era suficiente. Lloré y me frustré muchas veces, pero también aprendí. Sin duda el curso fue de crecimiento personal, aprendí a pedir ayuda, a bajar el ritmo cuando mi cuerpo lo pedía, a entender que la perfección no existe y que no tenía que demostrarle nada a nadie, ya estaba haciendo demasiado y la persona que tenía que confiar en mí era yo misma. Aprendí a organizarme mejor, a respirar hondo, a aceptar mis límites y, sobre todo, a ser más compasiva conmigo misma.

Al final, llegué. No perfecta, no entera al cien por cien, pero sí más fuerte. Aunque no fue fácil, logré salir de ese año siendo una versión más madura y consciente de mí misma. A veces, el crecimiento personal no llega en forma de grandes éxitos, sino en pequeñas resistencias diarias: levantarte cuando no puedes más, seguir avanzando, y aprender a cuidarte en medio del caos.

Segundo de bachillerato me agotó, sí. Pero también me enseñó que soy capaz de más de lo que creo, que pedir ayuda está bien (siempre estuvieron mis amigos apoyándome), y que mi valor no depende de una nota, ni de un examen, ni de cuántas cosas tenga por hacer. 

Ese curso me rompió un poco… pero también me reconstruyó.

 CINCO MANERAS DE CUIDAR TU SALUD MENTAL - Centro Intelecto

 

Comentarios

  1. Como compañera tuya he tenido el privilegio de escuchar en primera persona tu testimonio y me gusto mucho la manera en la que transmitías tus vivencias en segundo de bachillerato. Al igual que tu, pienso que es un curso muy complicado y pero que al final te hace aprender y crecer como persona. Muchas gracias por compartir tu experiencia con todos nosotros!

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